Caminaba solo, meditando sobre lo diferentes que somos las personas.
Klara era una chica alegre y vital, sensible y abierta. Recuerdo haber pensado que, de ser un regalo, vendría envuelta en papel transparente, porque parecía no ocultar nada.También pensé que era el ejemplo perfecto de lo que había oído llamar "persona medicina": alguien que siempre consigue que te sientas bien. Igualmente, tenía un aire vulnerable. Daban ganas de protegerla; de darle un abrazo y decirle: "No te preocupes, no dejaré que te ocurra nada malo".
Gabriella sería un regalo distinto. Era misteriosa y sorprendente, inteligente y decidida. Vendría envuelta en varias capas de papel. Papel de colores. Quitarías la primera, creyendo descubrir ya el contenido, y te encontrarías con otra totalmente distinta. Podría ocurrir que, después de haber quitado papeles diferentes, unos agradables y otros no tanto, hubieses cambiado varias veces la idea preconcebida sobre el regalo en cuestión e, incluso, que estuvieses tentado de arrojar la toalla y no seguir desenvolviendo. Todo eso me había ocurrido a mí en cuatro días. Aún me quedaban envoltorios, pero estaba seguro de que merecía la pena continuar.
De Franz no podía saber si traía varios envoltorios o no, porque todavía seguía metido en el primero. En realidad, si fuera un regalo no vendría envuelto en un papel, sino dentro de una caja cerrada con un candado de contraseña de mil o dos mil dígitos. Yo tampoco mostraba especial interés en saber lo que guardaba. Más bien jugueteaba con el candado, sin prestar atención, por si sonaba la flauta.
Henry, finalmente, no parecía un regalo. O tal vez sí, pero sería uno de esos regalos que vienen con las hamburguesas, o con las revistas: no lo has pedido, pero has de cargarlo hasta casa; no quieres tirarlo, pero no sabes qué hacer con él, y te lo encuentras en cualquier rincón constantemente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario